Por qué me gusta True Blood

Acaba de estrenarse en EEUU la tercera temporada de True Blood, tras una enorme campaña mediática que ha ido calentando motores entre los fans.

Sin duda, desde pequeña, he sentido cierta fascinación por el mundo vampírico, desde “El pequeño vampiro”, de Angela Sommer-Bondenburg, hasta el Dracula de Bram Stoker, pero en los últimos años se ha convertido en un fenómeno que lo inunda todo.

Por un lado tenemos los vampiros adolescentes que encandilan a las jovencitas en busca de ideales románticos (véase la saga Crepúsculo o The Vampire Diaries), y por otro tenemos a True Blood, que, sin dejar de lado la figura del héroe romántico con lado oscuro, mantiene la vertiente más canalla del mundo vampírico.

True Blood resume en su intro, una de las mejores que yo haya visto en una serie (canción incluida, maravilloso tema de Jace Everett), todos sus elementos: sexo, muerte, acción y ambientes sureños.

Sin embargo, no deberíamos quedarnos ahí. Si superamos el, para mi gusto, exceso de morbo de la serie, nos encontramos un conjunto de personajes bien construidos, unas tramas que mantienen muy bien la intriga del espectador y excelentes toques de humor. Y sí, es muy, muy divertida.

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